Horribles relatos de una mente sin remedio: El Cadaver de la Rosa
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domingo, 29 de septiembre de 2013

El Cadaver de la Rosa



Nunca olvidare el día en que la conocí, su rostro inocente, su mirada inquieta, su sonrisa nerviosa y coqueta, el cuerpo de quien se redescubre mujer, aquella amalgama de inocencia y coquetería que me fascino, pero lo que seco mi boca e hizo temblar mis piernas fue su olor, aquel olor profundo e inolvidable a jazmín. 25 años han pasado desde aquel día y aun puedo percibir ese olor, lo tengo tan presente como lo tuve ese día, aunque Amanda murió hace algunos años, su olor y sus recuerdos aun prevalecen en mi memoria.

Mi hija Lorena era casi la viva imagen de su madre, su mismo rostro y también su mismo ímpetu, lo descubrí desde aquella noche, en su fiesta de 15 años, mi hija lucia exactamente como su madre a la misma edad, fue algo inconsciente, pero comencé a verla como a la propia Amanda. El baile fue grandioso: risas, lagrimas, diversión y sentimentalismos de jóvenes adolescentes, todo sumándose para una celebración que será digna de recuerdos. Al terminar el baile, fuimos los últimos en salir de aquel salón, Lorena subió a mi auto, a mi derecha, conversábamos mientras yo manejaba, aquel momento era imposible de no comparar, era tal cual aquella noche con Amanda, al salir de aquella fiesta; Amanda, mi Amanda… tan hermosa, femenina, tan inocente y coqueta, como esa noche se ve Lorena, no me pude resistir… mi corazón comenzó a latir fuertemente mientras nos dirigíamos a casa.

Sabia que no podía intentar seducir a mi propia hija, así que cuando bajamos del auto, fui detrás de ella y le di un fuerte golpe en la parte de atrás de la cabeza, ni siquiera reaccionó solo cayo inconsciente al suelo. La lleve a mi habitación y mientras la desnudaba, pude sentir su olor, un olor tan particular, era como el jazmín, suave, delicado, profundo y con un color anaranjado, si, mi sinestesia me hacía tener una percepción tan única de aquel olor, quizá por eso lo recuerdo tanto. Cuando tuve a Lorena desnuda sobre mi cama, pude ver su cuerpo, tan impoluto, puro, comencé a lamer su vientre, su piel trémula era una delicia; sus curvas, glúteos y pechos eran perfectos, un cuerpo firme que se amalgama entre lo inocente y lo femenino.

Me desvestí tranquilamente, jugueteando con el cuerpo mi Amanda, Amanda dije?, si, quien está en mi cama ahora es mi Amanda aunque en el cuerpo de mi hija Lorena. Cuando estuve sobre de ella, comenzó a despertarse, así que la ate a la cama rápidamente, cubrí sus ojos y su boca, nadie nos interrumpiría mientras la noche era solo para nosotros. Guardare aquellos íntimos detalles solo para mí, pero puedo decir que hacía muchos años que no tenía una noche como esa.

Cuando amaneció, ninguno de nosotros había dormido, y ambos lucíamos igual de cansados, tanto placer no es fácil de digerir, tal como lo fue con Amanda. Me vestí y fui a la tienda por algunos víveres, no sabía si ir al trabajo o no, al final, decidí regresar a casa, estuvimos algunos días encerrados en mi hogar, sin salir, sin recibir llamadas, y sin ni siquiera acercarnos a las ventanas, Lorena permaneció atada y amordazada todo ese tiempo, además también sedada, lucia muy inquietamente tranquila.

Al cuarto día, aquella sensación de satisfacción sexual se desvanecía, tal como con Amanda en el transcurso de los años, el desinterés de Lorena era obvio, así que decidí terminar con todo. Tome algunas herramientas y subí a mi habitación, le inyecte a Lorena todo el sedante que me quedaba, no quería que se escucharan gritos ni ningún otro sonido. Desmembrar un cuerpo no es tan fácil, debe hacerse por las articulaciones y cortarlas con mucha destreza. Una a una las partes fueron cediendo, comencé por sus pie derecho, subiendo por la pierna hasta llegar a las caderas, procedí igual con su otra pierna, estaba tan inmerso en lo que hacía que cuando tome sus hombros note que ya había muerto, ni siquiera me di cuenta en que momento ocurrió, me llevo toda la noche el separar y embalar el cuerpo.

Los pechos de Amanda eran voluptuosos y firmes, tal como los de Lorena, lucían deliciosos, pero al intentar cocinarlos te llevas la sorpresa que solo están llenos de grasa, en su interior todo ese tejido amarillento parece arruinar la percepción de delicadeza que se capta al exterior, pero, con los glúteos y muslos es muy diferente, es casi como carne magra que se cocina muy bien, y con Lorena no fue la excepción, Su sabor era único, en cada bocado venían a mi mente miles de recuerdos de antaño, el sabor, el olor, los colores que estos me provocaban, cosas que simplemente no se pueden describir.

Las flores preferidas de Lorena eran las rosas, por lo cual me pareció apropiado el colocar partes de su cráneo molido en una maceta, con semillas de rosas. No puedo decir lo que hice con el torso y las muchas otras partes del cuerpo que quedaron; pero, lo que si puedo decir es que salí de aquel lugar cargando algunas cosas, lo suficiente como para no regresar.

Ahora he retomado mi trabajo en un lugar muy distante, sigo actuando haciendo reír a los niños y jóvenes, ser payaso de un circo ambulante no es fácil, pero así tengo la oportunidad de conocer lindas jóvenes como mi querida Amanda. La rosa en aquella maceta floreció y la corte cuando mejor se veía, aun la conservo conmigo, se secó pero extrañamente, la rosa tiene un olor a jazmín, exquisito olor a jazmín que me hace ver un color naranja muy peculiar, me trae muchos recuerdos de emociones que espero algún día pueda revivir. Me gustaría seguir conversando, pero por ahora me retiro, el público aplaude, la función debe continuar…
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