Horribles relatos de una mente sin remedio: Casa Barrios
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viernes, 12 de febrero de 2010

El Pacto (Parte 1)






























Nota del Autor: Esta historia puede tomarse como un Epilogo o si se quiere una continuacion de la serie de Casa Barrios


Diego, un joven de 25 años, vivía una vida despreocupada y totalmente egoísta, mas que libertad, lo había convertido en libertinaje. Parecía no tener ningún propósito en la vida mas que asistir a cuanta fiesta y discoteca fuera posible. El dinero no le era problema, tenia lo suficiente como para vivir esta y otras dos vidas mas, era uno de los herederos de la fortuna de su tío abuelo Bruno Barrios, la cual incluía una hermosa casa apodada Casa Barrios y una vieja fabrica que aun producía mucho dinero, pero el dinero producto de la venta de su parte de la fabrica le interesaba mas. Esto ultimo, sumado al dinero heredado, era una verdadera fortuna.
Diego era un tipo vanidoso, individualista y mezquino, no hacia nada que no fuere para propio beneficio. Su porte superficial y egoísta le atraía a personas similares a quienes el apenas podía llamar sus “amigos”. Siempre estuvo rodeado de gente, pero en realidad, desde que se separo de sus padres, siempre había estado solo. El objetivo de cada fiesta era tener una conquista nueva, Diego elegía siempre una mujer atractiva, pues a decir verdad el también lo era, se pasaba la noche entera seduciendo mujeres alardeando de sus riquezas y buen físico, prometiéndoles este mundo y el otro. La mayoría de veces funcionaba, y terminaba la noche en su apartamento o algún lujoso hotel cercano compartiendo la cama con su nueva conquista. A diego le gustaba tomar fotografías durante la noche, las guardaba como un trofeo. Pero siempre, al amanecer, la actitud de Diego hacia sus doncellas cambiaba drásticamente y las desechaba como a un trapo sucio
. En su mente una mujer era solo eso, objetos que están a su disposición para usarlas cada vez que a él se le antoje. Había vivido así durante algunos años y no tenia la mínima intención de cambiar ese estilo de vida.
Una noche, se encontraba celebrando juntos con sus amigos su cumpleaños numero 26, como era habitual, se encontraba con sus plásticos amigos en una estruendosa fiesta, cualquier excusa era suficiente como para armar escándalo como aquel, para Diego, no era nada nuevo. Pero esa noche, lejos de su cotidiana jovialidad y despreocupación por la vida, se le notaba pensativo, casi ido, parecía no disfrutar la noche como siempre lo hacia. Sus amigos ni siquiera lo notaron, y mientras se encontraba cavilando con la mirada perdida en el espacio, una chica se le acerco y le susurró al oído: “sopla las velas y pide un deseo”; Diego, sin ver atrás, se levanto de la silla donde se encontraba, soplo las velas y en su mente, pidió su deseo: juventud eterna. Hecho esto, sus amigos comenzaron en un frenesí fiestero, cada uno ocupándose de lo propio. El licor fluía por montones, el humo de los cigarrillos enturbiaba el aire que se encontraba ya denso por la bulliciosa noche. Todos habían dejado de lado al festejado, cada uno ocupado en buscar la conquista de la noche.
Diego se encontraba solo, y por primera vez parecía estar meditando sobre su futuro, dirigió la mirada hacia la pista de baile, y ahí, en medio de la multitud danzante, se encontraba una bella mujer simplemente inmóvil, que lo observaba fijamente con una mirada coqueta; pero él se mostro indiferente y casi desinteresado, bajo su mirada al piso por un momento y cuando la levanto nuevamente, se sorprendió al ver aquella hermosa joven parada justo frente a él. Había atravesado la pista de baile y la multitud que no cesaba de moverse, todo en solo un instante; pero el asombro duro poco, pues la belleza de la joven era cautivante, era tan bella como misteriosa, su cuerpo era escultural, morena de pelo castaño rizado, ojos verdes y ropa tan provocativa que no dejaba mucho a la imaginación. Parecía ser una modelo de revista, simplemente era la mujer mas hermosa que Diego alguna vez vio. Ella se le acerco y se sentó a su lado, poco tiempo paso antes que la conversación amistosa e inocente, se volviera un juego de seducción y coqueteos. Era algo extraño, pues siempre el seductor era él. Como era de esperarse, aquella noche terminaría en un derroche de sexo y lujuria, tanto o mas a las que Diego acostumbraba.
Si bien la noche había acontecido de maravilla, la mañana siguiente algo era diferente. Diego se encontraba solo en la cama, su misteriosa y bella acompañante ya no estaba a su lado, esta vez, él había sido el objeto utilizado y desechado. Intrigado y aturdido por un fuerte dolor de cabeza producto de la noche anterior, se levanto de la cama en busca de la hermosa joven, de la cual no conocía ni su nombre. Tras una corta e infructífera búsqueda, se dirigió al baño para asearse, y fue ahí donde encontró el mensaje que cambiaria su vida completamente. En el espejo del baño, escrito con lápiz labial color rojo escarlata, el mensaje decía: “Bienvenido al mundo del SIDA. Bienvenido al Infierno. Si quieres una segunda oportunidad, llama a mi padre 2999 – 1666”. Diego se quedo incrédulo ante aquel siniestro mensaje, no podría creerlo, será una de esas historias que solo le suceden al amigo de un amigo y que todos saben que nunca son ciertas. Pero para él, esa era su nueva verdad. Ese mismo día se hizo analizar de VIH, el análisis dio negativo. Diego respiro con alivio, estaba convencido que aquello había sido una muy pesada broma de mal gusto, cometida quizá, por alguno de sus amigos. No le dio mayor importancia a aquel acontecimiento, lo cual después de algunas semanas paso a formar parte del olvido.
Más de un año había pasado, y Diego se encontraba ingresado en un hospital debido a una simple gripe que se había vuelto una seria neumonía. Entre los análisis que le hacían estaba también el de VIH; para asegurarse de los resultados, los habían hecho tres veces; en las tres, el resultado era siempre el mismo: positivo. Diego se sentía destrozado completamente, su mundo tal y como el lo conocía se le venia abajo, recordó con ira aquella joven, la causante de su sufrimiento, la maldijo una y otra vez, le costaba trabajo creer que le estaba sucediendo a él, iba a morir.
Solo, postrado en la cama de aquel lánguido hospital, en medio de tantos lamentos y maldiciones, recordó aquel numero, ¿Cómo podría tener una segunda oportunidad al llamar al padre de aquella joven?, ¿Cómo?; no lo sabia, pero no tenia nada que perder al intentarlo. Saco su teléfono y comenzó a llamar a aquel numero… no sabia que esperar, pero al menos quería saber quien era la causante de su desgracia. Una voz grave, casi inhumana contesto del otro lado de la línea:
- Hola Diego, he estado esperando tu llamada, se que quieres una segunda oportunidad.
- Pero, quien es usted? Como sabe que soy yo quien le esta llamando?
- Yo lo se todo, yo soy tu verdadero salvador, puedo ofrecerte lo que tu desees, solo tienes que pedírmelo
- No me vengas con eso por favor, no estoy para bromas, así que si no tienes nada mejor que decirme entonces…
- Muy bien Diego, entonces te veré en tus sueños…



La llamada se corto en ese momento. Diego intento llamar nuevamente pero la línea siempre aparecía ocupada. No le presto mayor importancia al asunto y dejo el teléfono de lado. A medida que la noche se acentuaba, el sueño también lo hacia, no paso mucho tiempo antes que él se quedara dormido, era un sueño tan profundo, casi como una posesión, parecía que su mente se liberaba de su cuerpo y se comenzó a elevar…
Aquello mas que un sueño parecía ser una visión, el enigmático personaje del otro lado del teléfono estaba cumpliendo su promesa a cabalidad, ahora estaba visitando a Diego dentro de sus sueños. Ambos se encontraban en un vacio total, Diego se sentía muy lucido, sabia que no era solo un sueño, y aquel personaje se encontraba justo frente a él. Pero a pesar de la cercanía era imposible vislumbrar rasgo alguno. El ente se encontraba rodeado por una densa niebla oscura que solo dejaba entre ver una sombría silueta. Aquella sepulcral voz no se hizo esperar:
- Estoy aquí, como te lo prometí – dijo aquel extraño e inquietante ser –
- ¿Qué quieres de mi? ¿Por qué estoy pasando todo esto?
- Quiero darte la oportunidad de tu vida, puedo concederte todo lo que desees, solo tienes que pedírmelo.
- ¿Todo? ¿cualquier cosa? – pregunto Diego asombrado - ¿Dónde esta la trampa? ¿Qué es lo que tengo que darte a cambio? ¿acaso deseas mi alma?
- Son muchas preguntas, pero todo depende de lo que desees y de la cantidad de tus deseos, cuanto mas me pidas, mayor será el precio – dijo aquella fantasmal figura casi escondiendo una sonrisa.

Diego pensó en la propuesta hecha por un momento, ya había escuchado anteriormente sobre quienes hacen un pacto y al final terminan perdiendo sus almas; no es que creyera en esas banalidades, pero la verdad no quería arriesgarse. Siempre se creyó ser alguien muy listo, así que quería salir más que beneficiado de esta situación. Lo medito por un momento, y luego negoció con su espectral acompañante:

- Solo quiero tres deseos – Dijo con seguridad.
- Dímelos y yo te diré el precio a pagar – Susurraba ansiosa aquella voz
- Estas son mis peticiones:
1. Quiero tener vida eterna, no envejecer, ser bello y tener mi hermoso cuerpo de 25 años eternamente.
2. Deseo tener el suficiente dinero como para derrocharlo en lo que yo quiera, sin nunca tener la necesidad de trabajar ni tener que preocuparme por la procedencia o la falta de éste.
3. Deseo que nadie, sin excepción alguna, pueda ser dueño o dueña de mi alma, la cual me pertenecerá a mi solamente y a ningún otro ser que no sea yo, y eso te incluye a ti especialmente.
Estos son mis deseos, ahora dime tu precio.
- Así que nunca podre tener tu alma?, Esta bien, son tres deseos y el precio que tendrás que pagar son tres almas, pero no almas cualquieras, quiero tres almas que hayan sido torturadas por ti hasta morir.
- ¿Quieres que yo torture a tres personas?
- Que sean los tres que tu quieras, no me importa, y para facilitar tu tarea, tendrás salud y gozaras de mi impunidad, sin importar el crimen que cometas, nunca nadie te podrá culpar por ello. ¿tenemos un trato?
- Trato – dijo Diego tras pensarlo un momento.
Aquella niebla comenzó a enturbiarse aun más y a moverse en forma arremolinada haciéndose mas grande, la voz en su interior resonaba con estrepito:
- Tendrás exactamente 30 días de salud e impunidad, deberás cumplir tu cometido en ese lapso, luego de eso morirás, y si no has cumplido tu me pertenecerás eternamente.

Risas escalofriantes inundaban aquel lugar. Diego se alejaba flotando rápidamente hasta caer nuevamente en su propio cuerpo. En ese momento despertó sintiéndose mucho mejor, sabia que no había sido solo un sueño y ahora, sabia perfectamente lo que tenia que hacer.

El Pacto (Parte 2)



Uno a uno los días pasaban lenta e inexorablemente. Diego no dejaba de pensar en cómo llevar a cabo su parte del trato. No es que temiera de la idea de torturar y matar a otra persona, al contrario, pues siempre le había intrigado tener semejante poder sobre alguien. El problema en sí era que la oportunidad no se presentaba, hasta que llegó aquella noche de viernes, una en la que su conquista habitual seria para mucho más que un momento placer carnal.
Sabía que sería difícil cumplir su objetivo en su apartamento, donde las paredes nunca eran tan gruesas como para acallar los ruidos y al estar rodeado de tantos vecinos entrometidos, su labro seria simplemente imposible. Pero oportunamente se recordó de aquella vieja propiedad, Casa Barrios, la herencia olvidada de su tío abuelo Bruno. Deshabitada desde hacía varios años, era visitada únicamente por la encargada del mantenimiento del lugar, visita que podía ser interrumpida fácilmente.
Diego no lo dudó y acudió con su víctima al lugar. Después de su habitual tributo de sexo, sometió a su víctima y la llevó al sótano, el cual, al ser tan profundo y aislado, se hacía casi a prueba de sonido, parecía estar hecho para este tipo de situaciones, simplemente era el lugar perfecto. Dejó a la chica ahí, atada fuertemente a una silla de pies y manos mientras planeaba su funesto destino. Diego daba vueltas y vueltas a su cabeza, los enérgicos gritos de aquella infeliz en suplicas de su liberación se escuchaban como música de fondo, no paso mucho tiempo para que Diego se hartara de esos chillantes alaridos. Se acercó a ella y sin ninguna muestra de emoción comenzó a golpearla repetidamente, casi a punto de hacerla desfallecer. Luego, cuando los golpes la habían dejado casi inmóvil, cosió su boca para asegurarse de no volver a escuchar aquellos ensordecedores alaridos nuevamente. Hecho esto, se percató de un par de tijeras podadoras que se encontraban en el lugar, era como si alguien las hubiera dejado ahí para él, una voz en su interior le dijo: “úsalas”, las tomó y sin titubear, comenzó a amputarle los dedos de las manos de la joven, los cortaba uno a uno, causándole un dolor insufrible, la chica desesperada, se olvido totalmente de los hilos que cosían su boca e intento gritar tan fuerte como pudo, pero al hacerlo, lo único que logro fue rasgarse los labios, logró abrir su boca pero el hilo no cedió, pero sus labios si lo hicieron.
Retazos de piel y tejido que antes eran sus carnosos labios, colgaban de su boca, de sus mutiladas manos fluía una enorme cantidad de sangre, se encontraba inmóvil, abrumada de tanto dolor. Luego, en un acto que no era más que maldad pura, Diego tomó un mechero de llama alta, y tras asegurar muy bien aquellos despojos de manos, comenzó a quemar hasta casi carbonizar una a una las diez heridas donde antes se hallaban sus dedos. La joven, con la boca y manos mutiladas, simplemente no era capaz de soportar aquel sufrimiento, su cuerpo intentaba apagarse perdiendo el conocimiento momentáneamente, recuperándolo solamente cuando Diego la golpeaba con el fin de hacerla reaccionar para que presenciara otro grotesco acto por parte de su captor: Diego tomo los diez dedos amputados, y comenzó a cocinarlos en aceite y especias en una pequeña cocina que estratégicamente se encontraba en el lugar, los cocino hasta freírlos en su totalidad. Los sirvió en un plato con sus respectivos aderezos y comenzó a comerlos, saboreándolos lentamente frente a la joven, los devoraba hasta los huesos, parecía en verdad disfrutar de aquel despreciable manjar.
Primero la había obligado a verlo comer, pero luego, al percatarse que es de mala educación el comer sin invitar a otro, le pidió que abriera la boca, pero al negarse la joven, le arrancó los trozos de labios que le colgaban y no conforme con eso, la golpeo hasta fracturarle algunos dientes, para luego obligarla a comerse sus propios dedos. La joven estaba a punto de sucumbir, le rogaba a su verdugo por su muerte, en cambio, Diego tomó nuevamente el mechero colocándolo entre las piernas de la joven, encendió la llama a potencia media arrancándole de inmediato insufribles alaridos de dolor, su piel se contraía a consecuencia del fuego, mostrando la carne al perfecto color rojo carmesí que se ennegrecía lentamente al calor de la llama, la grasa corporal que emergía no hacía más que avivar la llama llegando a quemar y carbonizar el área hasta que la sangre no fluía mas.
La garganta de la joven ya había excedido su límite, totalmente desgarrada solo abría la desfigurada boca sin poder ya emitir sonido alguno, mientras Diego seguía quemando pequeñas porciones de su cuerpo en un patrón arbitrario. No pasó más de una hora antes que ella dejara de moverse, al fin la muerte la acogía. Dieciséis horas de tortura habían pasado, Diego ni siquiera supo su nombre, realmente nunca le importó, lo único importante es que ya había cumplido con su primer objetivo, y en realidad, lo había disfrutado mucho más de lo que alguna vez se imaginó. Comenzó a cavar una fosa en el sótano para sepultar aquel cuerpo repugnante y desfigurado, ahora solo necesita dos almas más.
Dos días pasaron antes que el verdugo eligiera su próxima víctima. El procedimiento era el mismo, una bella joven era seducida nuevamente por el galán para la ritual noche de sexo y lujuria. Esta vez, Diego se tomo la molestia de conocer el nombre de su víctima. Ángela fue igualmente sometida como su antecesora, atada de manos y pies a la misma silla metálica, fue dejada encerrada en aquel nefasto sótano. Diego no tardo mucho en regresar, Ángela no dejaba de gritar angustiada en suplica de ayuda, a Diego le molestaban los gritos y para acallarlos, selló su boca con cinta aislante autoadhesiva. Uso un par de tijeras para cortarle la ropa y dejarla totalmente desnuda, luego, con un gotero, comenzó a verter lentamente gotas de ácido hidroclorhídrico, que es capaz de corroer el metal, vertía una gota en diferentes partes del cuerpo. La piel se derretía en efervescentes charcos de sangre y el ácido avanzaba lentamente hasta corroer la carne. El ácido era aplicado en las piernas, pechos, pezones, brazos, manos, abdomen e incluso en sus genitales. Los gritos enmudecidos por aquella cinta no se hacían esperar, el dolor y sufrimiento de la joven eran más que evidentes. Hecho esto, Diego la tomó por la cabeza y con un par de grapas, le clavó los parpados al cráneo haciéndole imposible el poder cerrar los ojos, esos bellos ojos azules. Tomó nuevamente el gotero lleno de ácido y sosteniéndole fuertemente la cabeza, le dejo caer un par de gotas en cada ojo. No hace falta decir que Ángela se retorcía de dolor; sus ojos comenzaron a derretirse al contacto con el ácido, aquel hermoso color azul desaparecía cuando un liquido blanquecino mezclado con sangre bajaban lentamente deslizándose por sus mejillas, espeso y viscoso al igual que baja la cera derretida al calor de la llama de la vela. Ángela comenzó a convulsionar, el dolor era demasiado abrumador para ella, las convulsiones se acompañaban de reflejos de regurgitación, pero a tener los labios sellados con la cinta adhesiva, el vomito no pudo salir y sus pulmones se llenaron de liquido. Ángela se ahogó en su propio vomito.
Al ver terminado su trabajo, Diego comenzó a cavar una segunda fosa en el sótano donde sepultaría a su nueva víctima. La tortura había durado tan solo ocho horas, acabo antes de lo pensado y se sintió de alguna manera frustrado al no tener más tiempo para hacer todo lo que hubiese querido. Ya había terminado con dos, ahora solamente le faltaba uno para cumplir su cuota.
Veintisiete días han pasado y la salud de Diego comienza a decaer, la neumonía va tomando fuerzas gradualmente, sabe que no dispone de mucho tiempo antes que su plazo se venza. No ha ido a su casa en semanas, ni siquiera salía de Casa Barrios, sabe que nadie lo busca, sus amigos a penas se dan cuenta de su desaparición sin darle mayor importancia, y su familia, pueden pasar meses sin tener contacto con ellos sin causarles la mínima preocupación. El está solo, lo sabe y siempre lo supo.


Esa mañana, a tres días de vencer su plazo estipulado, María, la encargada de la limpieza y mantenimiento de Casa Barrios, se hace presente para sus labores triviales. Ella no se percata de la presencia de Diego en la casa, hasta que este la sorprende por detrás golpeándole fuertemente la cabeza con un madero. María pierde el conocimiento y cae al suelo, ahora está a total disposición de Diego.

María es una mujer mucho más corpulenta que las jóvenes anteriores, por lo tanto a Diego le cuesta mucho más trabajo el maniobrar su cuerpo aun cuando este inconsciente. La despoja de toda vestimenta, pero al no poder bajar las escaleras del sótano cargándola, la lleva al jardín trasero. La sienta en el suelo de espaldas a un árbol, le ata las manos rodeando el tronco del mismo y ata también sus pies que quedan extendidos en el suelo; la amordaza fuertemente y se asegura que aunque despierte, no podrá emitir sonido alguno. Ya habiendo colocado a María en su lugar y tomando todas las precauciones pertinentes, la despierta al verterle un balde de agua hirviendo en todo el cuerpo. María se estremece y despierta con la piel profundamente enrojecida y como Diego lo había anticipado, al estar atada de espaldas al árbol y fuertemente amordazada, es incapaz de moverse o emitir algún sonido audible a más de un metro.
El estado físico de Diego era ya decadente, se veía muy limitado pues no podía realizar mayor esfuerzo físico. Tomó una navaja y comenzó a hacer pequeños cortes que no eran muy profundos en cada parte del cuerpo de María que a él se le antojara. La piel de María comenzaba a ampollarse debido a las quemaduras, el dolor de los cortes no eran nada en comparación al ardor de las llagas en todo el cuerpo. Diego observo su entorno y después de una corta búsqueda, fue a la cocina, de donde regresó con varias botellas, comenzó a verter litros y litros de miel de abeja sobre el cuerpo lacerado de María, hasta haber vaciado todas las botellas. Esto, hasta cierto grado, daba un alivio temporal al dolor de las quemaduras, pero lo maléfico de la obra era que la miel estaba atrayendo a un ejército de hormigas rojas. María se hallaba esclavizada junto a un enorme nido de hormigas, miles y miles de estas parecían hacer formaciones de batalla y desfilar hacia la miel vertida sobre el cuerpo de la mujer. Un ejército que lenta e implacablemente recogía su dulce botín, llenando a la vez de miles de dolorosas picaduras. El solo correteo de las hormigas sobre aquella piel tan irritada era ya insoportable. Las ampollas abiertas en la piel, facilitaban que la miel se introdujera en ellas, así como también lo hacía en aquellos cortes hechos anteriormente, esto provocaba a las hormigas a arrancar pequeños trozos de endulzada piel, trozos tan pequeños como la cabeza de un alfiler, pero tan dolorosos como arrancarse las uñas con los dientes.
Diego sabia que las hormigas poco a poco, terminarían con su trabajo y dejo a María a cargo de ellas. Abandono el lugar en busca de ayuda médica. Su tercer y última víctima estaba lista, aunque él realmente nunca la vio morir.
Él fue ingresado ese mismo día en el hospital local, la neumonía empeoraba a cada momento. Casi agonizante, recordó aquel numero 2999 – 1666, comenzó a llamar… nadie contestaba del otro lado. Se sentía estafado, él había cumplido con su parte del trato pero nadie más había cumplido con él. Los tres días pasaron y Diego perdió la batalla contra su enfermedad. Murió tal y como le habían vaticinado treinta días antes. Al morir, su alma comenzó el paseo por la sima. Después de su interminable descenso al foso se encontró con su negociador, aquel que le había ofrecido la inmortalidad y que a su juicio, no le había cumplido:
- ¿Qué estoy haciendo aquí? – Decía Diego con tono enfurecido – Yo debería estar vivo.
- No te precipites, María tardó tres días en morir y al final murió justo unos momentos antes que tú, solo quería estar seguro que cumplirías con el plazo. Además, para tener un cuerpo joven y eterno primero debías deshacerte de ese enfermizo que poseías.
- Yo he cumplido con mi parte, ahora cumple con la tuya y dame esos tres deseos
- Admito que lo has hecho, has cumplido aquí están tus tres deseos:
1. Tu alma es libre ahora, no le pertenecerá a nadie más que a ti.
2. Tendrás todo el dinero que necesites de aquí a la eternidad, al despertar solo debes buscar en el bolsillo derecho de tu pantalón y ahí lo encontraras.
3. Tendrás también juventud y vida eterna, poseerás tu embellecido cuerpo de 25 años, saludable y fuerte, jamás morirás ni envejecerás. Pero has de esperar tres días para esto pues a nadie le es permitido levantarse de entre los muertos antes de esos tres días.

Diego se notaba complacido, sabía que estaba obteniendo lo que tanto anhelaba; todo ese esfuerzo al fin estaba dando frutos. Permaneció en el limbo durante tres días, y como le había sido prometido, al tercer día despertó. Diego moría de ansias por encontrarse con su nuevo futuro.
Lentamente sus ojos se abrieron. La oscuridad era total. Su cuerpo se hallaba entumecido debido a la falta de movimiento. Poco a poco iba recobrando la vida y poco a poco también el horror se acrecentaba al infinito. Se hallaba encerrado en un espacio reducido, apenas y había espacio para él. Palpando desesperado a su alrededor pudo darse cuenta que su temor se estaba volviendo realidad. Las paredes acolchonadas con algodón y lino le comprobaban su realidad, se encontraba dentro de su ataúd, sepultado a tres metros bajo tierra. Desgargantes gritos de pavor y auxilio comenzaban a emerger de aquel cuerpo antes inerte, gritos que eran apagados por las paredes del ataúd, semejantes alaridos eran solo comparables con aquellos que sus víctimas habían hecho antes. En un atisbo de esperanza, comenzó a revisar sus bolsillos en busca de un teléfono… no encontró nada. Pero en la bolsa derecha de su pantalón había algo: una moneda de un centavo, no era ninguna fortuna, pero seguramente nunca iba a necesitar más que eso estando ahí adentro. A medida que el tiempo pasaba, el aire enrarecía, el oxigeno se acababa lentamente, esa no era una preocupación pues sabía que no podía morir; pero sin embargo, al agotarse el aire comenzó a asfixiarse lentamente, la falta de oxigeno en sus pulmones le hacía retorcerse de angustia en busca de una bocanada de aire, se sofocaba, pero la muerte no llegaba ni llegaría jamás. Estaba confinado a una agonía eterna de la cual le era imposible escapar, se asfixiaría por la eternidad. Se encontraba totalmente solo, como en toda su vida había estado; pero no por mucho, pues con el tiempo, los gusanos que se moverían debajo de su piel, serian la compañía que nunca lo abandonaría.
Diego quería pasarse de listo y beneficiarse egoístamente de la situación como lo había hecho en toda su vida, intentó aprovecharse de alguien que fue más listo que él, y al final creó su propia perdición pues sus deseos, al ser tan egoístas, le habían condenado, él nunca se dio cuenta que al pedir un deseo que no fuese para sí mismo, se salvaría de todo sufrimiento.
Sus tres deseos estaban cumplidos:
1. Vida eterna, jamás moriría.
2. Todo el dinero que podría necesitar
3. Su alma jamás le pertenecería a Dios o Demonio alguno, solamente a él de aquí a la eternidad.

domingo, 9 de agosto de 2009

Casa Barrios, Capitulo 3: Un Paseo por la Sima



Se dice que la justicia llega en esta o en la otra vida, pero en este caso, el protagonista no llegaria a su segunda oportunidad...



Bruno yacía tendido en el frío piso de mármol a los pies de la escalera, un río de sangre fluía de su costado donde, una pluma de oro, le había perforado un pulmón. El dolor era su única compañía; podía sentir cada uno de los quince golpes propiciados por cada uno de los quince peldaños durante la fuerte y larga caída. Quince.

- ¡Leonora! - pensaba malherido - ¿Qué te he hecho?

La fina tela de su elegante corbata se hallaba atorada en el pasamanos, producto de su estrepitosa caída, le provocaba sensación de asfixia, pero sin llegar a quitarle el aire por completo; pero sin embargo, al sumarse a la sensación de ahogo por la sangre en sus pulmones, se creaba una fatal, pero perfecta combinación que le sesgaba la vida lenta y dolorosamente.

El piso parecía hundirse, las paredes se alargaban hacia el cielo infinito y el techo desaparecía en una etérea luz lejana que asemejaba la eternidad. Por un momento, Bruno dejo de sentir dolor y se sintió flotando a la deriva en el mar calmo y vasto del limbo. En su cabeza, la palabra “Asesino” resonaba una y otra vez. Cada vez mas fuerte que la anterior, tanto que lo volvía muy pesado, como si cada vez que esa acusadora palabra se repitiese le sumara un kilo, y así, uno a uno hasta llegar a ser millones que lo alejaban de aquella tranquilizadora luz, succionándolo mas y mas hacia el profundo vacío.

La gracia de la vida abandonaba a bruno paulatinamente, pero este no era el final para él, era solo el principio de su travesía. El empresario comenzaba su tortuoso descenso hacia la sima.

- No mires hacia abajo
Le decía una decrepita voz extrañamente familiar que se apago rápidamente entre los ruidos del abismo. Bruno intento instintivamente aferrarse a algo, pero no había nada a lo cual asirse. El descenso procedía con vertiginosa rapidez. Angustiosos gritos, gemidos y lamentos guturales aumentaban a medida que el descenso también lo hacia. Ahora sus ojos abiertos grandemente, observaban con espanto como poco a poco emergían de la oscuridad las lóbregas paredes de roca milenaria ennegrecida por los años y la escasez de luz que ahí reinaba. Era imposible reprimir cualquier sensación de angustia mientras se internaba en aquel oscuro abismo.

El miedo que oprimía su pecho corría paralelo al interminable descenso, undiendose cada vez mas en una oscuridad que espesaba junto con aquellos lúgubres sonidos. El aire se tornaba irrespirable, tan denso y pesado que parecía fluir como un líquido. Mientras bajaba, las sombras de las grietas y las partes salientes de la roca, se elevaban a su paso cual espectros que desesperados, quisieran fugarse de aquella infernal fosa; y hasta su propia silueta cayendo hacia el vacío tornábase de pesadilla.

Al cabo de un tiempo incalculable por algún ser mortal, la caída termina abruptamente al estrellarse en suelo firme, un fuerte golpe tras una interminable caída que le provoco un profundo dolor punzante que, sin embargo, desapareció casi tan pronto como comenzó. Tembloroso, se puso en pie y fue entonces cuando comenzaron a zumbarle los oídos casi a punto de llegar a destrozarle los tímpanos. El sonido era tan fuerte y penetrante que cayo al suelo nuevamente, ahora revolcándose de dolor.

- Levántate y ve – le dijo nuevamente aquella voz.

Aquella voz le hablaba directamente al subconsciente, mientras los destrozados oídos de Bruno dejaron de escuchar aquellos infernales zumbidos. Al poder reaccionar, levantó la cabeza y quedo inmóvil al presenciar la entrada de una estrecha galería con forma de bóveda que se extendía frente a él hasta perderse en una sórdida y profunda oscuridad. Se encontraba en la sima del abismo; al presenciar esa escena, Bruno se creyó de pronto como un niño precipitado hacia las fauces de un monstruo voraz arrojado sin más hacia un mundo incomprensible dominado por el terror y la impiedad.

Se limpio el sudor con el dorso de la mano, y escudriñó el pasadizo con los ojos desorbitados. Todo el horror de la situación se le hizo presente en su ser.

- Camina

Aquella voz había vuelto a hablarle, que de alguna manera le resultaba familiar y con el mínimo esfuerzo había recordado que era la misma voz que anteriormente le había acusado “asesino”.

Atemorizado, comenzó a internarse en el negro túnel. De la techumbre, cruzada por gruesos maderos, caían continuamente grandes gotas de un líquido oscuro y hediondo, cuyo olor agrio, comenzaba a llenar los pulmones de aquel pobre diablo provocándole ancadas de asco a cada paso. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad subterránea que llenaba aquella vasta galería. Mientras caminaba, sus pasos resonaban con ecos apagados, los cuales eran absorbidos por aquellos agónicos gemidos y lamentos que permanecían susurrantes en la sima.

A lo lejos, podía apreciarse apenas una silueta humana, que aunque se encontraba iluminada por un moribundo halo de luz, podía distinguirse en su rostro la sonrisa que se dibujaba. A medida que se acercaba podía vislumbrar una especie de gruta excavada en la roca al final del túnel. Desde el fondo de aquel espectral agujero, se asomaba aquel tenue resplandor que al estar ya lo suficientemente cerca, Bruno pudo descubrir que provenía de un viejo candil que colgaba por encima de aquella amistosa figura. Despedía una sucia luz aceitosa y malicienta, llenando el ambiente de sombras y dándole al lugar la apariencia de una cripta enlutada. Bruno comprobó con aversión que aquel hedor agrio se había intensificado, siendo mas acre y penetrante que antes, el mismo hedor que adquiere la carne descompuesta tras largo tiempo. Titubeante, seguía avanzando hacia aquella silueta, casi albergando alguna esperanza; sus ojos se iban adaptando gradualmente a medida que se acercaba a aquella mórbida luz. Caminó hasta llegar al fondo de la galería, y ahí, sentado tras una gran mesa de basalto a una altura descomunal, se encontró con aquella silueta que anteriormente le parecía un amigo sonriente en la distancia. Pero, las pocas esperanzas de Bruno murieron cuando, petrificado por el horror, observo atónito el rostro de aquella figura. Era un hombre muy entrado en años, de larga barba sucia y grisolenta, en su cara, no era una sonrisa, eran sus mejillas consumidas por la putrefacción que habían dejado expuestos aquellos grotescos y verdosos dientes, tatuándole permanentemente una morbosa sonrisa en el rostro; el resto de su cara se hallaba cubierta por ulceras supurantes y restos inmencionables .

El viejo, hacia anotaciones en un enorme libro forrado en piel, parecía ser incluso más viejo que su dueño. Su negro traje hacia resaltar, en la frente y los pómulos, los fragmentos de hueso que el tiempo había expuesto, haciendo que sobresalieran de la carne por demás podrida y engusanada.

- D-do-donde e-estoy? – Tartamudeo Bruno bajo absoluto terror.

Pero el viejo hizo un ademán enérgico con el brazo, a lo cual, aquel patético hombre atemorizado, calló automáticamente, y, extendiendo la otra mano sobre el pesado libro, señaló con el índice (más bien una falange con repugnantes retazos de carne muerta) un punto sobre la página de su infinito registro, luego exclamó con su voz sepulcral:

- Bruno, Bruno Barrios – vociferaba el viejo con tono duro y severo – No sabes donde te encuentras?

- N-no se-seño, yo…
- ¡CALLATE! – Le interrumpió fuertemente – mira a tu alrededor.

La luz se intensifico golpeando los ojos de Bruno, y al girar su cabeza pudo observar fácilmente a su alrededor. Lo que vio lo dejo absorto. Aquel goteo, ese liquido viscoso que se escurría desde el techo y las paredes, era sangre podrida, por momentos convertida en pus, formando repugnantes charcos hediondos en el suelo; el techo, no eran maderos lo que le atravesaban, son siniestras formas óseas, huesos humanos que descansan sobre las paredes que yacen recubiertas de rostros humanos, apilados uno sobre otro, mostrando sus grotescas muecas de dolor y agonía, la galería era una catacumba en la que sus habitantes no habían muerto, son todos ellos que al tratar de escapar emiten aquellos insufribles lamentos que reverberan en todo el lugar.

- Ahora ya lo sabes, estas en mis dominios.

Una macabra risa emergió del viejo, marcándole aun mas aquella sonrisa siniestra en la mascara de putrefacción que tenia por rostro, ni siquiera se le podría llamar sonrisa, era mas como un gesto que deformaba las escabrosidades de sus facciones en una mueca gutural de cinismo.

- U-usted me ha tra-traido acá? Usted me llamó asesino?
- ¡No seas estúpido! – grito arrogante el viejo – ese has sido tu mismo. Fue tu consciencia quien te hablo cuando ni siquiera pudiste soportar el peso de la culpa. Ha sido tu consciencia quien te guió hacia mí.
- Entonces yo…
- ¡CALLATE! - Le grito el viejo nuevamente mientras lo observaba bajo una mirada acusadora y de escrutinio.

Hubo silencio entre ambos por unos breves momentos, roto solamente por los lamentos de aquellas almas penantes enclaustradas en las paredes de la gruta.

- Has asesinado a dos personas
- No, yo no…
- Cállate, es hora de elegir tu castigo – le decía con tono aun mas severo sin quitar la vista de aquel enorme libro – veo que querías mas a tu casa qua a Leonora
- Señor yo…
- ¡Cállate he dicho! No oses el interrumpirme nuevamente – dijo aquel vejestorio ahora con tono enfurecido – Hablaras solo cuando yo te lo permita o te arrancare la lengua.

Hubo silencio nuevamente, el aire se había vuelto tan turbio y enviciado que será sofocante, el hedor y los horrorosos sonidos saturaban la mente de Bruno. Sudaba profusamente, pero tenia miedo incluso de moverse.

- Entonces Bruno – replico el viejo con tono mas gentil – Amas tu hogar? Te gustaría regresar a tu dulce y a cogedor hogar, tu amada Casa Barrios?
- Si señor – dijo Bruno con voz mas que temblorosa
- Pues entonces que así sea. Ese será tu destino, regresaras a Casa Barrios y tu consciencia será tu compañera eterna. Pero ahora, no solo vivirás en esa casa, si tanto la amas, entonces serás parte de ella, vivirás por y a través de ella, tu casa y tu serán uno solo y tu sed, tu ira, tu hambre, tu agonía y todos esos sentimientos que ya conoces no se saciaran, no encontraras paz alguna que te haga descansar. Vagaras errante por siempre, acompañado de tu conciencia eterna. Ahora ¡VETE!, ¡Desaparece de mi vista!

El viejo comenzó a reírse de manera demoníaca, casi descontrolado y su risa sepulcral era tan fuerte e inundaba todo aquel lugar que opacaba incluso aquellos lamentos agobiantes que también se habían intensificado de repente. Bruno era tomado por miles de manos que emergían del suelo, halándolo hacia abajo hasta desaparecer en un charco de pus y sangre podrida.

Luego, aquella gruta se transformaba lentamente en la escena de su muerte, en un momento se hallaba nuevamente en Casa Barrios. Aquel charco de pus era ahora un charco de su propia sangre que escapaba de el, llevándose con ella su propia vida. Bruno yacía tendido en el piso de mármol a los pies de la escalera, la corbata lo asfixiaba y la sangre en sus pulmones lo ahogaba lentamente. Su vida acababa lenta y dolorosamente. El dolor, la desesperación, la sed, la vergüenza, el hambre, la ira, la agonía… todos los sentimientos encontrados durante toda su vida, los vividos por él y los causados a otros por él, todos aumentaban infinitamente su intensidad dentro de Bruno, se estaba convirtiendo en una brutal tortura que, de alguna manera, él sabia que duraría eternamente. Bruno sentía como estaba siendo succionado hacia abajo, fundiéndose poco a poco con su querida Casa Barrios, hasta que las tinieblas se apoderaron de todo…

Casa Barrios, Capitulo 2: Conciencia Eterna



A veces nuestra misma conciencia es la que se encarga de nosotros. Este es un ejemplo de cuando la culpa se vuelve demasiado grande...








Era una tormentosa noche de abril, en 1910; Bruno no podía concentrarse en la pila de documentos amontonados sobre su escritorio, era el exitoso dueño de la “Fabrica de Botones Barrios” y acostumbraba llevar trabajo a su casa. Eran cerca de las once de la noche, cuando iluminado por la tenue luz de su pequeña lámpara plateada, revisaba la interminable montaña de contratos, facturas y pedidos que algunas veces tenia que leerlas en mas de una ocasión.

- Esos malditos rostros – se dijo a si mismo intentando concentrarse en lo que tenia enfrente. Se llevo las manos al rostro cubriéndose los ojos y la frente, apoyando a la vez los codos en el escritorio.

- No pienses en eso, no te trae nada bueno

Temprano, ese mismo día, Bruno había vuelto a encontrarse con dos personas de su pasado, un hombre y una mujer que formaban una silueta siniestra, ambos con una mirada tan penetrante como frívola. Ambos personajes le habían acosado durante mas de una semana, les veía en todas partes como si estuvieran todo el tiempo tras él, una compañía que era realmente indeseable y hasta cierto punto escalofriante.

- Llevo horas trabajando y no he progresado nada… Deja de pensar en ellos ¡Concentrate!

La temperatura del despacho de la Casa Barrios (como era conocida localmente), había descendido drásticamente, al igual que la pobre iluminación de la vieja lámpara que parecía agonizar. La luz que se filtraba por los enormes ventanales situados a sus espaldas no era la excepción, pues también menguaba mientras la noche se iba quedando sin luna. Parecía que el despacho en si iba muriendo poco a poco a medida que la luz se consumía; sin embargo vislumbraba de vida cuando la luz de los relámpagos iluminaba momentáneamente el interior del recinto.

Casa Barrios no era un lugar ostentosamente grande, era solo una morada acogedora con ciertos lujos y una exquisita arquitectura detallista, como el grabado de acero y bronce de la placa de entrada que todo aquel con más de cuatro neuronas podía reconocer “Casa Barrios 401”. La oficina en la fabrica de Bruno era mucho mas grande, pero en su casa el ambiente se mimetizaba haciéndolo relajante y muy acogedor, razón por la cual terminaba su día de trabajo en casa.

Toc, Toc, Toc.

La puerta de roble sonó como si alguien la golpeara muy suavemente con los nudillos. Un relámpago ilumino el recinto de manera siniestra y los ojos de aquellas dos personas de mirada penetrante y frívola, se hicieron claramente visibles en la mente de Bruno, quien presumía ser el único en Casa Barrios. Por un momento miro atónito la puerta, como si esta se fuese a abrir por si misma o casi esperando que la madera hablase para decirle quien le espera al otro lado.

- Seguramente – pensaba en un vano intento de convencerse a si mismo – debe ser María, la de la limpieza, que se retira y quiere que cierre por dentro la puerta de la entrada.

Bruno quedo mirando fijamente la puerta, el silencio resonaba en el lugar, acentuado solamente por los truenos y relámpagos que cuya luz, al atravesar las ramas y entrar por el ventanal, proyectaban siniestras sombras que parecían ser una suerte de garras demoniacas que iban desde el escritorio, hasta el pomo de bronce de la puerta.

TOC, TOC, TOC,
Tres golpes mas fuertes ahora.

- Que dijeron esos tipos? Los muy infelices…

Bruno sentía frio, como si la temperatura de la habitación bajase abruptamente; pero, pese a ello, Bruno había comenzado a sudar. Un tic invadió su mano derecha, un espasmo que parecía por un momento, ser manipulado por un ser intangible. Bruno observo su mano, y vio el objeto que sostenía en ella, era su pluma preferida. Como un as de luz una imagen le atraviesa la cabeza, es la imagen de su esposa cuando el día de su 25º aniversario de bodas, un día muy importante en su vida, ella le regala una pluma de oro con las iniciales y fecha de fecha de matrimonio de ambos grabados a un costado, era un regalo perfecto.

En un instante, Bruno regreso su mirada a la puerta, la observaba en silencio como si pudiese ver algo a través de ella.

A s e s i n o . . .

Eso es lo que habían dicho aquellas despreciables figuras, eran voces inaudibles, pero aun así pudieron hacer eco en toda la humanidad de Bruno a punto de llegar a estremecerlo.

Casi podía ver esas frías miradas al otro lado de la puerta, esperando a que se abriese para lanzarle todo su odio a la cara, señalarlo y juzgarlo como lo habían estado haciendo en esos últimos y martirícos días. Bruno tomo aire y sin poder evitarlo, comenzó a recordar lo sucedido esa fría noche de febrero, el penoso accidente en el que Leonora había muerto…

- Si, fue solo un accidente – pensó –, nadie puede culparme por haber tenido el ingenio suficiente como para beneficiarme de la situación.

Leonora había muerto y Enrique había sido culpado por su muerte injustamente. Esto benefició económicamente a Bruno, convirtiéndolo en dueño absoluto de la fábrica, su dinero y su querida Casa Barrios. Enrique cumplió su sentencia en la horca y sostuvo su inocencia hasta el ultimo instante, alguien entre la muchedumbre vocifero: “no hay asesinos inocentes”, frase que Bruno escuchaba noche tras noche en su conciencia impidiéndole dormir. Las ultimas palabras de Enrique fueron dirigidas a Bruno:

- Bruno, perdóname, tienes que creerme, soy inocente… No dejes que me cuelguen… Soy inocente…

Ambos se vieron a los ojos en ese momento, el terror angustiante ante la presencia inminente de la muerte podía sentirse en la mirada de Enrique, y esos ojos, Bruno jamás los habría de olvidar.

TOC, TOC, TOC

Los golpes en la puerta hicieron temblar las paredes del despacho. Los relámpagos que estremecían la habitación, creaban en un cruel juego de luz y sombras, figuras perfectas de la horca que coincidían con las cabezas de ciervos y alces que normalmente colgaban como trofeos, pero, ahora se habían vuelto macabros rostros que manifestaban el dolor y la agonía del ahorcamiento, las miradas acusadoras de esos inertes animales se habían vuelto contra Bruno.

Sintiéndose intimidado, se aflojó la corbata y se soltó el último botón de la camisa. Sentía como el sudor le bajaba por la espalda. Sacó una botella de whiskey de 12 años junto con un vaso que guardaba en la segunda gaveta del escritorio. Se sirvió un trago para tranquilizarse y otro para entrar en calor.

- Tal vez crean que no hay nadie y se marchen

A s e s i n o . . .

Resonaba levemente en la distancia.

- Esos desgraciados quieren volverme loco.

Se recostó dirigiendo la mirada al techo. La oscuridad era total más allá del poder de su endeble luz, oscuridad que era interrumpida sólo brevemente por los relámpagos que creaban esas macabras ilusiones que parecían ser más vívidas cada vez.

A s e s i n o . . .

- Solo esos tres vagabundos pudieron darse cuenta de lo sucedido realmente aquella maldita noche. Lo sabia, cien rupias no era suficiente dinero para callarlos, ¡Malditos mendigos ambiciosos!, debí haberles pagado más.

Otro trago de whiskey para olvidar esos acusadores ojos…
En el fondo de la botella se reflejaba la endeble luz del despacho, la amarillenta luz de la vieja lámpara plateada tambaleándose como si estuviera viva, buceando en el fondo de la botella. En cuestión de segundos quedo estática, clavada en el vidrio y en su retina. El liquido de la botella se niveló y dejo de tambalearse, pero en el cerebro del empresario habían comenzado a hacer efecto los vasos de licor. Bruno tiro la botella con expresión de terror, en ella no se veía el reflejo de una luz, sino, un par de pupilas furiosas que se acercaban vertiginosamente.

A S E S I N O . . .

Estiró la mano y volvió a tomar la botella como si su propia vida estuviese dentro. Dio otro trago largo, esta vez sin el vaso y tambaleándose, logró difícilmente ponerse de pie. La distancia de la puerta del despacho al escritorio de roble era de tan solo tres metros, pero Bruno se aterraba con la idea de abandonar la seguridad de la isla de moribunda luz y saltar a la inmensidad del macabro y silencioso salón.

Al llegar a la puerta, apoyó sus manos y su frente en la fría madera que lo separaba de aquellas acusadoras siluetas. Empuñó su pluma, tomó aire y abrió de golpe como queriendo ser él quien sorprendiera a sus indeseables visitantes.

Oscuridad… Silencio y nada mas…

Golpeado por el whiskey, con muy poco equilibrio se acerco por el oscuro e interminable pasillo que conducía a las escaleras. Caminó poco a poco, el terror que le invadía parecía atenuar la embriaguez del licor mas no así su decadente equilibrio. Al pasar frente a la habitación de Leonora las manos le temblaban, miró con desconfianza la puerta y le habló como si ésta le escuchara:

- Infeliz arpía, ¡Yo no quería matarte!... ¡fue un accidente!...

Bruno no sabia si le había gritado a la nada o solo lo había pensado, pero la frase aun le resonaba en la cabeza mientras pasaba de largo la puerta sin atreverse a abrirla. Siguió dirigiéndose hacia las escaleras:

- Se que están ahí, puedo oírlos.

Bruno escucho un ruido junto a sus pies y al intentar girarse algo se aferro en su talón tan fuertemente que atravesó su piel y le llego a hueso. Asustado, intento correr perdiendo torpemente el equilibrio, sintió un golpe a media espalda contra el pasamanos y cayo rodando por las escaleras. Toda su vida pasó ante sus ojos en una fracción de segundo, y justo antes de caer al piso reflexionó:

- Leonora, ¿Qué te he hecho?...

Su cabeza se estrello contra el frio piso de mármol, su corbata se atoró en el pasamanos provocándole la sensación de asfixia sin llegar a quitarle el aire por completo. Podía sentir en su cuerpo, el golpe propiciado por cada uno de los quince peldaños.

- Quince – pensó –, como las quince puñaladas que segaron tu vida mi querida Leonora

Dolor en todo el cuerpo y sensación de asfixia. Todo se veía borroso para el exitoso empresario. Como pudo, levanto la mano y la llevo a su costado… sangre. En la caída, la pluma de oro se había incrustado entre las costillas, perforándole un pulmón. Su amada pluma de oro, el regalo de su esposa. Le costaba trabajo respirar, todo se volvía mas borroso. La sangre que se filtraba a sus pulmones lo ahogaba lentamente.


El piso parecía hundirse, las paredes se alargaban hacia el infinito cielo y el techo desaparecía en una luz lejana que asemejaba la eternidad. Bruno dejó de sentir dolor y se sintió flotando a la deriva. En su cabeza la palabra “asesino” resonaba una y otra vez, cada vez mas fuerte que la anterior, tanto que lo volvía pesado, era como si cada vez que se repitiese le sumara un kilo, uno a uno hasta hacer millones que lo alejaban de aquella luz. El dolor, la agonía, la sed, el hambre, la vergüenza, la ira… todos los sentimientos en toda su vida, los vividos por él y los causados a otros por él, todos iban aumentando su intensidad inmensamente dentro de Bruno, se estaba convirtiendo en una brutal tortura, que de alguna manera, él sabia que duraría eternamente. Bruno sentía como estaba siendo succionado hacia abajo y como poco a poco se fundía con su querida Casa Barrios. Hasta que las tinieblas se apoderaron de todo.

Al día siguiente, una multitud de curiosos rodeaba Casa Barrios. María, la mujer de la limpieza, había descubierto a su patrón tirado a los pies de la escalera, tenía la pluma de oro clavada en un costado y los restos de una botella de whiskey incrustados profundamente en su pie derecho. Había muerto ahogado en su propia sangre, como su esposa, a las once y treinta de la noche, la misma hora de la ejecución de Enrique doce días atrás. La policía encontró mas tarde, en la puerta del despacho por el lado que da al corredor, una nota escrita a mano, María le había dejado un mensaje la noche anterior:

“Bruno, TOQUE LLAME A LA PUERTA PERO NO USTED NO ABRIO, VEO QUE HAY LUZ ADENTRO Y SUPONGO QUE OTRA VEZ SE HA QUEDADO DORMIDO EN SU DESPACHO. TENIA MUCHO TRABAJO QUE HACER Y ME QUEDE HASTA TARDE. CUIDADO CON EL PISO, ESTA RECIEN ENCERADO.
LE VEO MAÑANA
MARIA.”

Casa Barrios, Capitulo 1: Asesinos Inocentes


Cualquier persona es capaz de matar a otra, icluso a quien le ha acompañado durante toda una vida, todo esta en que se den las circunstancias adecuadas para que este "accidente" suceda





Esta historia aconteció a principios del siglo XX, exactamente en el año 1910, en un olvidado país del nuevo mundo, tan pequeño, que en medio del murmullo de la guerra que se vivía mundialmente, así como en la que estaba por venir, posteriormente llamada La Segunda Guerra Mundial, ese pequeño país, simplemente pararía desapercibido.

Bruno Barrios era un empresario exitoso, dueño de una pequeña, pero lucrativa fábrica de botones llamada simplemente “Fabrica Barrios”. Su éxito era compartido con su esposa Leonora, con quien se había a muy temprana edad producto de un acuerdo entre familias; sin embargo, habían cumplido ya 27 años de casados. Parecían una pareja sacada de una revista dominical: él, un hombre bien parecido y muy elegante, vestía siempre de trajes muy finos y en la bolsa de su saco, junto a su pecho, una pluma de oro que lo acompañaba todo el tiempo, fue un regalo de su esposa, que al cumplir los 25 años de casados, se la obsequió, en un costado de la pluma estaban grabadas las iniciales de ambos, junto con la fecha de casamiento. Leonora por su parte, no merecía menos créditos que su esposo, era una bella mujer de tez blanca y largos rizos dorados, una mujer educada, muy culta y refinada.

Ambos eran ambiciosos y muy astutos en los negocios. A lo largo de los años, habían logrado convertir un viejo telar en una prospera y lucrativa fabrica de botones. Se hicieron también de una casa, no muy grande ni opulenta, pues no era así como la deseaban, era mas que todo, muy acogedora. La edificación de la casa en si era una obra de arte arquitectónica, estaba llena de lujos que, en ningún momento se volvían vulgares u ostentosos. Las puertas de cedro exquisitamente talladas a mano le daban un aire de grandeza al espacio interior, en el cual, destacaba el despacho: un gran salón con el techo alto, las paredes se adornaban de libreras, cuadros y cabezas de ciervos y alces colgados como trofeos, y al fondo, detrás del escritorio de roble, un enorme ventanal de pared a pared que iba casi desde el piso al techo y cubierto desde los costados, por grandes cortinas de color rojo ocre. También y casi como un sello de excelencia, una placa hecha de acero y bronce se encontraba en la entrada de la casa, con las palabras “Casa Barrios 401”, así es como habían nombrado a su hogar; y las demás personas de la pequeña ciudad reconocían también ese nombre casi como un personaje mismo del lugar.

Pero no todo era perfecto en Casa Barrios, la realidad tras ese matrimonio aparentemente ideal, era muy diferente. Bruno y su esposa no se llevaban muy bien, ambos se habían visto obligados al matrimonio y aunque alguna vez se habían atraído mutuamente, esa chispa llamada amor, entre ellos nunca existió. Eran personas muy diferentes, nunca congeniaban en nada a excepción en los asuntos de los negocios, pues eran muy buenos socios, pero como pareja todo era muy distinto, tanto que al diseñar la Casa Barrios, ambos estuvieron de acuerdo en tener habitaciones separadas. Tenían ya varios años de habitar en Casa Barrios y los negocios iban muy bien para ambos como para no depender el uno del otro. A Leonor no le entusiasmaba la idea de una fabrica de botones, aunque estaba consciente que seria un negocio muy lucrativo, pero su sueño era otro, quería hacerse de una joyería, ese era su verdadero anhelo, aunque nunca se lo había confesado a su esposo solo quería la fabrica para poder financiar su sueño. Al pasar el tiempo, y a medida que la fabrica iba generando mas ganancias, las discusiones por el dinero y poder se hacían mas intensas y frecuentes, a tal punto de desafiar el destino y forzar la desgracia.

Todo ocurrió esa infame noche de febrero en el despacho de la fábrica, cuando Leonora le dijo a su esposo que pensaba separarse, no solo como esposa, sino también como socio de la fábrica, deseaba vender su mitad de la empresa para financiar su verdadero sueño. A Bruno le impacto tal inesperada noticia, no supo como reaccionar pero no estaba dispuesto a ceder, pues tal separación le haría perder la mitad de la fabrica, su dinero y sus bienes; era el trabajo de toda su vida y no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente.

En poco tiempo la conversación se convirtió en una acalorada discusión; pero a diferencia de sus habituales riñas, esta vez, Leonora había tomado una actitud muy desafiante, no pretendía ceder ante nada y aunque generalmente Bruno era una persona muy pacifica, esta vez Leonora había logrado irritarlo. Aunque Bruno muchas veces le había gritado a su esposa, nunca la había golpeado, aun se mantenían ese respeto, pero ahora estaba a punto de romperse. Poseído por una fuerza iracunda y sin pensarlo, empujo violentamente a Leonora, quien se golpeo fuertemente la parte posterior de la cabeza en la esquina de un mueble antes de caer al suelo inconsciente. Bruno la miro horrorizado, al verla tan inanimada pensó que estaba muerta, aunque era un brillante empresario, nunca fue bueno con respecto a la anatomía humana. “Fue un accidente” pensó, no podía ir a la cárcel, nadie debía enterarse de esa tragedia. Cerró la puerta de la oficina con llave y se tranquilizo cuanto pudo; tenía que pensar bien lo que estaba por hacer y no tardo mucho tiempo en idear un escape a esta situación. Salio de su oficina y la cerro con llave desde afuera, fue a hacer una ronda en la fábrica antes de cerrar como era habitual, hablo con algunos de sus empleados y recogió documentos que tenia que revisar. Paso frente a la oficina de Enrique, el contador, era un tipo muy amigable que se relacionaba bien con todos los temas cuando no estaba encerrado en su oficina, los empleados le habían apodado Loki, debido a su carácter cambiante de un tipo gentil y sociable, a un loco ermitaño que se encerraba en su oficina a veces durante días. Loki, o mejor dicho Enrique, era un soltero que vivía solo en un vecindario no muy bueno de la ciudad, podría no llegar a dormir a su casa y nadie lo notaria. Bruno lo sabia, y esto lo convertía en un candidato perfecto para su perverso plan.

Esa tarde, Bruno espero pacientemente a que todos los empleados de la fabrica salieran del turno laboral, fijo su especial atención en Enrique, quien había salido apurado como siempre, pues no le gustaba caminar por las calles en la oscuridad, y pese al frío que hacia fuera, no llevaba abrigo. Bruno espero pacientemente hasta que la fábrica estuvo vacía, sabia que nadie sospecharía nada pues era habitual que trabajara hasta tarde en su oficina. Cuando se aseguro que no quedaba nadie más, comenzó a ejecutar lo que había planeado. Regresó a su oficina y recogió el cuerpo inconsciente de Leonora, llevándola a la oficina de Enrique. La coloco suavemente en el piso frente al escritorio, al levantar la vista, observo que en el respaldo de la silla del escritorio se encontraba el abrigo de Enrique, se lo puso encima y comenzó a buscar en las gavetas algo que le fuera útil. En la segunda gaveta del escritorio, encontró un abrecartas de bronce, era perfecto, antes de tomarlo metió su mano en una bolsa y se acerco al cuerpo de su esposa que yacía acostada boca arriba en el frío piso. Bruno tomo el abrecartas entre sus manos y casi con remordimiento por lo que se estaba viendo obligado a hacer, observo a Leonor con lagrimas en los ojos y le clavo la navaja del abrecartas en el pecho; pero, al hacerlo, se dio cuenta que Leonora realmente no estaba muerta; ella recupero el sentido, había abierto enormemente los ojos y la boca intentando tomar aire, Bruno la observo con asombro, no daba crédito a lo que estaba presenciando; durante un instante, un corto momento que dura a veces toda una vida, ambos se miraron a los ojos, Leonora con expresión de terror al ver a su asesino y Bruno con su expresión de remordimiento y resignación. “Lo siento” dijo Bruno con lágrimas en sus ojos y un nudo en la garganta y apuñalo a su esposa en el cuello. La navaja era corta, pero lo suficientemente larga como para perforarle la traquea. Leonora se retorció en agonía durante unos momentos, observo a su agresor en todo el tiempo, no comprendía lo que pasaba; luego dejó de luchar poco a poco cuando comenzó a ahogarse lentamente con su propia sangre cuando ésta llenaba sus pulmones. Quince puñaladas fueron necesarias para segar la vida de Leonora. Bruno observo a su victima hasta que dejo de moverse; luego, le dio leves golpecitos con el pie para asegurarse que no volviera a “revivir”.

Enrique, o Loki, como lo llamaba Bruno, no era una mala persona, lejos de eso, era un empleado ejemplar, pero Bruno sabia que era una salida fácil y perfecta para su situación. Leonor y Enrique a veces parecían no llevarse muy bien, habían tenido algunas diferencias recientemente debido a la reducción que Leonora había hecho al presupuesto, con lo cual, Enrique como contador, no estaba de acuerdo. Esa era una situación de la que Bruno se beneficiaria. Como propietario de la empresa, él tenía acceso a toda la documentación de la empresa y sabía perfectamente como era el manejo de la papelería y el flujo del dinero. No le costó mucho trabajo alterar algunos documentos clave, hacer desaparecer facturas y ficheros y reemplazarlos por otros que parecían favorecer económicamente a Enrique. En un par de horas todo estuvo listo. Por último, y para asegurar su evidencia, impregno un poco mas de sangre el abrigo que llevaba puesto, el cual era de Enrique, la sangre casi estaba coagulada, pero aun así la idea funciono bien.

Bruno salió de la fabrica, el manto de una noche sin luna le cubría, se acerco a un basurero del otro lado de la calle metió el abrecartas en una de las bolsas del abrigo de Enrique y lo desechó ahí, dejándolo levemente a la vista, para que no fuese difícil encontrarlo. Tres pobres diablos se encontraban en el lugar, vagabundos que buscaban que comer en la basura, pero Bruno no los vio antes, por su cabeza cruzo la idea de asesinarlos, pero él no era un asesino. Les ofreció cien rupias a cada uno, lo cual era mucho dinero, pensó que era lo suficiente para comprar su silencio y mas allá de eso, darles la descripción de Enrique y comprarlos como testigos; luego se marcho en su auto a su adorada Casa Barrios. Al llegar, se cercioró que Maria, la de la limpieza, no estuviese pues a veces se quedaba trabajando hasta noche, pero esa era su noche de suerte, todo parecía ir bien. Se fue al patio trasero, sacó la pluma de otro del bolsillo y la sostuvo en sus manos mientras se quitaba toda la ropa; luego, la amontono en un rincón del inmueble y junto con sus zapatos, le prendió fuego a todo. Permaneció ahí parado, con la pluma de oro entre las manos, desnudo frente a la hoguera cuyas llamas parecían evocar las imágenes la vida pasada con Leonora, esos momentos que alguna vez fueron buenos pero ya no serán más. Cuando se aseguro que todo se había quemado por completo, subió a su habitación, pero al pasar frente a la habitación de Leonor, no pudo resistirse a abrir la puerta y ver hacia adentro. Silencio, la habitación estaba tétricamente desolada, vacía, por primera vez en mucho tiempo se sintió solo, era una soledad a la que tendría que acostumbrarse. Cuando Bruno estuvo en su habitación, comenzó a darse un baño, las gotas de agua bajaban por su cuerpo, como deseaba que aquellas gotas limpiaran no solo su cuerpo, sino también su alma. Después del baño se vistió y aseó todo el lugar, para que a la mañana siguiente, Maria no encontrara huellas de lo que había sucedido. No pudo dormir en lo que restaba de noche, no dejaba de pensar en Leonora y el futuro incierto que había creado para el pobre Enrique, pero ya era muy tarde, ya no había marcha atrás.

Esa mañana, Bruno se levantó antes del amanecer, la ansiedad se reflejaba en sus ojeras. Actuó como de costumbre, tras una larga ducha de casi una hora, se vistió con su fino traje, observo su preciada pluma de oro y como siempre, se la llevo al bolsillo de su saco junto al pecho. Al pasar por la habitación de Leonora, se contuvo el impulso de abrir la puerta y ver hacia adentro otra vez, sabía que no habría nadie. Bajo las gradas y saludo a Maria quien lo esperaba con el desayuno preparado. Como para asegurarse que no era un sueño, vio a Maria y le pregunto por su esposa casi guardando una esperanza, Maria le contesto y confirmo la cruda realidad que Bruno ahora estaba viviendo al decirle: “no la he visto, debe haberse quedado en la fabrica otra vez”. Sin voluntad y casi masticando las palabras, Bruno le respondió “Si, eso debe ser”.

Bruno no termino su desayuno y se dispuso a asistir a la fábrica. El camino se le hacia eterno, parecía que no conducía en una calle, sino, en una especie de película acerca de su propia vida al lado de Leonora: cada pareja que veía, cada mujer que cruzaba la calle, cada puesto de flores, cada casa, cada árbol, cada niño... todo le recordaba a Leonora. Cuando al fin se acercaba a su destino, Bruno se encontró con lo que esperaba: decenas de policías y otros cientos de curiosos inundaban el lugar. “Tengo que actuar bien”, se decía a si mismo, mientras se bajo del auto y se acercaba mas y mas a la muchedumbre. A medida que se acercaba al lugar, podía escuchar como la multitud susurraba su nombre, murmuraban entre ellos “¿habrá resucitado otra vez?”, pensaba, la gente le abría paso al empresario, quien con paso firme pero atemorizante se acercaba al lugar del “accidente”, hasta que un par de policías le detuvieron el paso, “bien, esto es todo” pensó, los policías se presentaron ante el, Bruno se veía firme e inmutable, pero en su interior se estaba derrumbando totalmente. “Sr. Encontramos a su esposa asesinada”. Fueron las palabras que los policías dijeron, “tenemos un sospechoso y un par de agentes han ido a arrestarlo”. Bruno sintió que el alma le volvía al cuerpo, pero a la vez se lleno de tristeza, no pudo soportar su intachable postura y rompió en llanto, las piernas le fallaron y cayo de rodillas con los puños contra el suelo, lloraba amargamente, no era nada fingido, era un sentimiento real, pues la perdida de Leonora en verdad le destrozaba el alma.

Ese mismo día arrestaron al culpable, Enrique fue llevado a la cárcel en espera de un juicio que no tardo mucho tiempo en llevarse a cabo. Bruno se sentía aliviado, todo era perfecto, pero sin embargo, no dejaba de sentirse culpable. El juicio comenzó tres semanas después del asesinato, duro toda una semana y dadas las pruebas en contra de Enrique: los registros que evidenciaban un robo, el arma homicida y el abrigo ensangrentado que eran propiedad de Enrique, sumado a tres testigos, la resolución no podía ser otra. La corte asumió lo sucedido: Leonor había descubierto que enrique le estaba estafando y decidió afrontarlo a solas, a lo que Enrique reacciono con violencia golpeándola y luego apuñalándola hasta morir, hacia frío y era hora de salida, por lo que Enrique tendría puesto el abrigo y lo impregno con sangre de la victima, luego lo desecho en el basurero del otro lado de la calle de la fabrica, donde lo vieron tres vagabundos que buscaban comida en el lugar.

El caso estaba planteado, los cargos: asesinato en 2º grado y estafa, el veredicto: culpable, la sentencia: muerte por ahorcamiento que debía ser ejecutada en una semana a la media noche. El cuerpo de Bruno se estremeció completamente al escuchar la sentencia, no podía arrepentirse de lo que ya estaba hecho, solo le quedaba continuar con su vida…



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